jueves, 24 de noviembre de 2016

HOSPITAL DE DÍA

Mi nombre es Alberto Velada. Tengo 78 años y aunque muchos no lo puedan creer, aún tengo ganas de continuar viviendo.
Estoy en el hospital. Vengo cada semana a que me pongan una bolsa naranja de veneno “quemabichos”. Me detectaron hace dos meses un cáncer de colon, y aquí estoy amigos; dejando que entre veneno en mi cuerpo para matar al asesino, ¡a mi asesino!.
Nunca dejaré de sentirme asombrado por la vida. ¡Es una total paradoja constante! Entre personas, no puedes ni tocar al que te intenta matar, porque cometes un delito, pero para curarte de muchas cosas, ¡tienes que matar! ¿No es curiosa la cuestión?
Hoy es mi sexta sesión, y ya estoy empezando a notar que no soy el mismo. No soy el mismo, ni por dentro ni por fuera. Por dentro tengo un fuego ardiente que no deja de quemarme las venas, un cansancio bastante acuciante y unas ganas de vomitar que jamás cesan. Al contrario que por dentro, que tengo más cosas que antes, por fuera, cada día tengo menos que enseñar y más que esconder, según dice mi mujer. Si por ella fuese, me metía en una burbuja artificial dentro de casa, y no saldría ni para respirar. ¡Ya se encargaría ella de hacerme llegar el oxígeno!
Vengo sólo a las terapias, sin nadie, porque ella no me quiere acompañar. Dice que sufre mucho y que es incapaz de ver “los cuadros” (palabras textuales de ella), que allí se contemplan. Ella dice que es por eso, pero yo pienso que se trata de la más animal y básica de las cobardías. Hay quien no se acerca al sufrimiento ajeno, porque sabe que va a sufrir, y prefieren mantenerse al margen, dejando al afectado, más solo que un calamar en marte. No le puedo reprochar nada, porque sé que está aún más agotada que yo.
Lo cierto, es que no me importa venir sólo, porque aquí me siento más acompañado que en mi casa. Mis hijos viven lejos de nosotros, y es mas grande la lejanía que la distancia.
Manuel, el menor de los tres, dejó de dar señales de vida después de que nos embargasen el apartamento de Cullera, porque dejó de pagar la hipoteca de su piso, y como cualquier padre haría, le avalamos con nuestra segunda propiedad, que compramos después de estar trabajando 40 años como verdaderos burros, en el pequeño bar que teníamos en el barrio de Madrid donde todavía vivimos.
Ana, mi hija mediana, nos llama de vez en cuando y es la que más cerca vive de nosotros..., pero sin lugar a dudas, la que más lejos está. No he recibido todavía su primera visita por mi enfermedad, y lo que aún es peor, cuando llama, ni la menciona. Es como si a su mente, la noticia de que su padre padece cáncer, no hubiese llegado jamás. Como si no le hubiésemos dicho nunca nada. Y si os digo la verdad, me alegro por ella. Me alegro porque es mi hija, y si ignorando mi enfermedad, consigue vivir tranquila y feliz, yo no he perseguido otra cosa en mi vida que la felicidad de mis hijos y mi mujer. No soy yo quien les tiene que juzgar, sino su propio destino y sus propias conciencias.
Mi hijo mayor, Alberto, falleció en nuestros brazos hace tres años. Ni cáncer, ni enfermedad larga y dolorosa ni nada. Un infarto fulminante, sin ningún tipo de aviso, le dejó literalmente muerto en medio del salón de mi casa, un día que vinieron a comer él y su reciente esposa (hacía dos meses que se casaron).
A día de hoy, desconozco si tengo algún nieto por parte de mi hijo Manuel, y estoy seguro que si los tuviese, serían el motor principal de mi máquina de fabricar motivaciones, pero ignoro si existen... Sólo siento el dolor de no saber de mi hijo. Otra cosa, no me puede causar dolor, porque de la vida de mi hijo, sólo le conozco a él, y tampoco en profundidad. Y como dicen los médicos; no te puede doler lo que no tienes, o lo que no existe.
Acaba de venir Ivan. El mejor enfermero que he conocido jamás. Un hombre de la cabeza a los pies. Un chico extremadamente educado, y si tuviese un hijo gay como él, yo sería el primero en quererlo como yerno. ¡Ivan es admirable! Un ser desorbitadamente amable, cariñoso, atento, risueño... ¡Un chico que te da vida! En muchas ocasiones bromeo con él, y le digo que lo que hay en la bolsa naranja, no es veneno. Es un litro de su vitalidad, y que todos nos llevamos puesto cada día que acudimos a éste lugar, que si no fuese porque lo adornamos, sería perfecto para llamarlo “pretumba”, en lugar de “hospital de día”.
En otras ocasiones, con los otros dos cánceres, fue totalmente distinto. El cáncer es como las tablas de multiplicar. No lo aprendes hasta que no lo has repasado al menos, un par de veces o tres.
Ivan me acaba de contar que a Cecilia, una compañera de quimio, le han dicho los médicos que no pueden hacer más por ella. Que a pesar de la quimio, la radio y la cirugía, su bicho ha resistido y al final del camino, resultará ser su verdugo. ¡Éstas son las cosas que verdaderamente me generan dolor! Ver a alguien luchar tanto, para nada. Alguien a quien quieres por haber recorrido el mismo camino. Alguien a quien has confiado tus miserias, porque te decía que no te guardases nada dentro. Dentro de no sabemos cuánto tiempo, esa persona que ha sido tanto para muchos de nosotros, ya no estará. Dejaremos de verla, pero no de sentirla. Para contemplarla, tendremos que recurrir a los recuerdos. Y para recordarla, no hará falta que hagamos nada, porque siempre permanecerá en nuestros corazones.
Hoy aquí, se respira un aire de tensión y de tristeza por la noticia. Una noticia que es común a muchos de los que pasamos por éste lugar, y que algún día, muy probablemente, yo mismo la recibiré. Hay un ambiente que ya he vivido en otras ocasiones con las otras dos “manchitas sospechosas”. En éste lugar, donde los trabajadores se desviven por humanizarlo, hoy se respira ausencia, a pesar de que Cecilia, aún no se ha marchado de éste mundo. Se respira ausencia, pero también se pone automáticamente en marcha, una maquinaria que sólo he visto y he gozado en el hospital de día. Cuando a alguien le comunican que su enfermedad no tiene cura, automáticamente repito, se enciende la maquinaria de la hermandad que sólo existe aquí, y de pronto todos nos ponemos manos a la obra, para que quien se vaya, lo haga de la manera más digna posible.
Cecilia cumple años dentro de tres días, y estoy seguro que aún sabiendo que es su último cumpleaños, va a ser el mejor de su vida. Ya lo estamos preparando todo. Ivan se encarga de comprar adornos. Clara y Begoña, las otras dos enfermeras, están avisando a todo el que quiera acudir a la fiesta, y el resto hacemos y traemos lo que creemos oportuno, como regalos o algún tipo de vianda para que piquen los que puedan hacerlo...
Dentro de tres días, celebraremos el último cumpleaños de una compañera de batallas.
Queridos amigos; si me permitís, os voy a dejar para ponerme manos a la obra. ¡Tenemos cosas que preparar para Cecilia! Ahora no es tiempo de pensar cada uno en nuestros males. Ahora es momento de hacerle ver a Cecilia, que siempre ha estado y siempre permanecerá en nuestro corazón.



Continuará...

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