Mi nombre es Alberto Velada. Tengo 78
años y aunque muchos no lo puedan creer, aún tengo ganas de
continuar viviendo.
Estoy en el hospital. Vengo cada semana
a que me pongan una bolsa naranja de veneno “quemabichos”. Me
detectaron hace dos meses un cáncer de colon, y aquí estoy amigos;
dejando que entre veneno en mi cuerpo para matar al asesino, ¡a mi
asesino!.
Nunca dejaré de sentirme asombrado por
la vida. ¡Es una total paradoja constante! Entre personas, no puedes
ni tocar al que te intenta matar, porque cometes un delito, pero para
curarte de muchas cosas, ¡tienes que matar! ¿No es curiosa la
cuestión?
Hoy es mi sexta sesión, y ya estoy
empezando a notar que no soy el mismo. No soy el mismo, ni por dentro
ni por fuera. Por dentro tengo un fuego ardiente que no deja de
quemarme las venas, un cansancio bastante acuciante y unas ganas de
vomitar que jamás cesan. Al contrario que por dentro, que tengo más
cosas que antes, por fuera, cada día tengo menos que enseñar y más
que esconder, según dice mi mujer. Si por ella fuese, me metía en
una burbuja artificial dentro de casa, y no saldría ni para
respirar. ¡Ya se encargaría ella de hacerme llegar el oxígeno!
Vengo sólo a las terapias, sin nadie,
porque ella no me quiere acompañar. Dice que sufre mucho y que es
incapaz de ver “los cuadros” (palabras textuales de ella), que
allí se contemplan. Ella dice que es por eso, pero yo pienso que se
trata de la más animal y básica de las cobardías. Hay quien no se
acerca al sufrimiento ajeno, porque sabe que va a sufrir, y prefieren
mantenerse al margen, dejando al afectado, más solo que un calamar
en marte. No le puedo reprochar nada, porque sé que está aún más
agotada que yo.
Lo cierto, es que no me importa venir
sólo, porque aquí me siento más acompañado que en mi casa. Mis
hijos viven lejos de nosotros, y es mas grande la lejanía que la
distancia.
Manuel, el menor de los tres, dejó de
dar señales de vida después de que nos embargasen el apartamento de
Cullera, porque dejó de pagar la hipoteca de su piso, y como
cualquier padre haría, le avalamos con nuestra segunda propiedad,
que compramos después de estar trabajando 40 años como verdaderos
burros, en el pequeño bar que teníamos en el barrio de Madrid donde
todavía vivimos.
Ana, mi hija mediana, nos llama de vez
en cuando y es la que más cerca vive de nosotros..., pero sin lugar
a dudas, la que más lejos está. No he recibido todavía su primera
visita por mi enfermedad, y lo que aún es peor, cuando llama, ni la
menciona. Es como si a su mente, la noticia de que su padre padece
cáncer, no hubiese llegado jamás. Como si no le hubiésemos dicho
nunca nada. Y si os digo la verdad, me alegro por ella. Me alegro
porque es mi hija, y si ignorando mi enfermedad, consigue vivir
tranquila y feliz, yo no he perseguido otra cosa en mi vida que la
felicidad de mis hijos y mi mujer. No soy yo quien les tiene que
juzgar, sino su propio destino y sus propias conciencias.
Mi hijo mayor, Alberto, falleció en
nuestros brazos hace tres años. Ni cáncer, ni enfermedad larga y
dolorosa ni nada. Un infarto fulminante, sin ningún tipo de aviso,
le dejó literalmente muerto en medio del salón de mi casa, un día
que vinieron a comer él y su reciente esposa (hacía dos meses que
se casaron).
A día de hoy, desconozco si tengo
algún nieto por parte de mi hijo Manuel, y estoy seguro que si los
tuviese, serían el motor principal de mi máquina de fabricar
motivaciones, pero ignoro si existen... Sólo siento el dolor de no
saber de mi hijo. Otra cosa, no me puede causar dolor, porque de la
vida de mi hijo, sólo le conozco a él, y tampoco en profundidad. Y
como dicen los médicos; no te puede doler lo que no tienes, o lo que
no existe.
Acaba de venir Ivan. El mejor enfermero
que he conocido jamás. Un hombre de la cabeza a los pies. Un chico
extremadamente educado, y si tuviese un hijo gay como él, yo sería
el primero en quererlo como yerno. ¡Ivan es admirable! Un ser
desorbitadamente amable, cariñoso, atento, risueño... ¡Un chico
que te da vida! En muchas ocasiones bromeo con él, y le digo que lo
que hay en la bolsa naranja, no es veneno. Es un litro de su
vitalidad, y que todos nos llevamos puesto cada día que acudimos a
éste lugar, que si no fuese porque lo adornamos, sería perfecto
para llamarlo “pretumba”, en lugar de “hospital de día”.
En otras ocasiones, con los otros dos
cánceres, fue totalmente distinto. El cáncer es como las tablas de
multiplicar. No lo aprendes hasta que no lo has repasado al menos, un
par de veces o tres.
Ivan me acaba de contar que a Cecilia,
una compañera de quimio, le han dicho los médicos que no pueden
hacer más por ella. Que a pesar de la quimio, la radio y la cirugía,
su bicho ha resistido y al final del camino, resultará ser su
verdugo. ¡Éstas son las cosas que verdaderamente me generan dolor!
Ver a alguien luchar tanto, para nada. Alguien a quien quieres por
haber recorrido el mismo camino. Alguien a quien has confiado tus
miserias, porque te decía que no te guardases nada dentro. Dentro de
no sabemos cuánto tiempo, esa persona que ha sido tanto para muchos
de nosotros, ya no estará. Dejaremos de verla, pero no de sentirla.
Para contemplarla, tendremos que recurrir a los recuerdos. Y para
recordarla, no hará falta que hagamos nada, porque siempre
permanecerá en nuestros corazones.
Hoy aquí, se respira un aire de
tensión y de tristeza por la noticia. Una noticia que es común a
muchos de los que pasamos por éste lugar, y que algún día, muy
probablemente, yo mismo la recibiré. Hay un ambiente que ya he
vivido en otras ocasiones con las otras dos “manchitas
sospechosas”. En éste lugar, donde los trabajadores se desviven
por humanizarlo, hoy se respira ausencia, a pesar de que Cecilia, aún
no se ha marchado de éste mundo. Se respira ausencia, pero también
se pone automáticamente en marcha, una maquinaria que sólo he visto
y he gozado en el hospital de día. Cuando a alguien le comunican que
su enfermedad no tiene cura, automáticamente repito, se enciende la
maquinaria de la hermandad que sólo existe aquí, y de pronto todos
nos ponemos manos a la obra, para que quien se vaya, lo haga de la
manera más digna posible.
Cecilia cumple años dentro de tres
días, y estoy seguro que aún sabiendo que es su último cumpleaños,
va a ser el mejor de su vida. Ya lo estamos preparando todo. Ivan se
encarga de comprar adornos. Clara y Begoña, las otras dos
enfermeras, están avisando a todo el que quiera acudir a la fiesta,
y el resto hacemos y traemos lo que creemos oportuno, como regalos o
algún tipo de vianda para que piquen los que puedan hacerlo...
Dentro de tres días, celebraremos el
último cumpleaños de una compañera de batallas.
Queridos amigos; si me permitís, os
voy a dejar para ponerme manos a la obra. ¡Tenemos cosas que
preparar para Cecilia! Ahora no es tiempo de pensar cada uno en
nuestros males. Ahora es momento de hacerle ver a Cecilia, que
siempre ha estado y siempre permanecerá en nuestro corazón.
Continuará...